Cuatro sudafricanos destacan en el surf de olas grandes. Tres pioneros y un joven valiente nos dejan ver un mundo que es mucho más duro de lo que jamás hemos imaginado.
Abajo todo es negro y la paz es inquietante. Pero el negro no es un color que normalmente se asocie con el surf, ni siquiera el de olas grandes. Quizás el azul... el verde... o el blanco, cuando caen las enormes paredes de agua.
Pero para Chris Bertish, todo es negro. Está a un kilómetro de distancia de la costa californiana y a 12 metros debajo del gélido mar de invierno que, en este momento, se deforma y agita mientras las enormes olas (algunas alcanzan hasta 18 metros) atraviesan y ruedan sobre la superficie que lo cubre por completo. Ahí no llega la luz.
Se trata de olas Mavericks (admiradas y temidas por todos los surfistas), y Bertish vive una pesadilla en tiempo real en el lugar más peligroso del mundo. El surf de olas grandes es en sí arriesgado, pero incluso entre las figuras mas legendarias, las olas Mavericks destacan como asesinas. Ahí han muerto los mejores... Mark Foo… Sion Milosky… todos reconocidos exponentes de olas grandes.
Cada invierno, las peores tormentas del planeta crean una corriente profunda que viaja miles de kilómetros a grandes velocidades hasta que encuentra su ruta bloqueada por una formación rocosa inusual que se eleva desde el fondo marino. Esto hace que la corriente disipe su energía contra un enorme bloque de rocas en la costa californiana.
Quien logra sentarse sobre esta zona de impacto, remar hacia una de esas enormes olas, y luego lograr ponerse de pie, lanzarse, girar y deslizarse antes de salir, merece un lugar especial entre la élite del surf de olas grandes. Si fracasas, y tienes suerte, terminarás donde está Bertish ahora.
Si caes de una ola Mavericks en estas condiciones pueden pasar dos cosas. O te hundes durante más o menos 58 segundos mientras recorres por debajo del agua alrededor de un kilómetro hacia la rocosa costa, de espaldas, por lo menos dos veces a la velocidad a la que Usain Bolt, el hombre más rápido del mundo, puede correr hacia adelante. Al mismo tiempo, el agua helada y pesada hace todo lo posible por arrancarte a golpes los brazos, las piernas y la cabeza. Mientras tanto, te esfuerzas para que tu mente piense en un cielo claro y repleto de nubes esponjosas o cualquier otro lugar con mucho oxígeno para calmar tu mente y tu ritmo cardiaco. Además tratas de no pensar en las enormes rocas contra las que el agua está a punto de lanzarte. Aunque estar en esta situación parezca una pesadilla, es preferible esto que la segunda opción; la cual es justo la que Bertish está experimentando hoy.
En lugar de precipitarse hacia la costa, el mar lo succionó hacia las rocas que crean las olas Mavericks. Y lo jala con tanta fuerza que se hunde con todo y su tabla de tres metros, que generalmente es capaz de permanecer a flote sin importar lo que rompa sobre ella.
“Ese momento fue como estar dentro de una cascada submarina”, recuerda Bertish. “Bajé y bajé, y todo se oscureció cada vez más. Pero todavía me quedaba una esperanza... todavía mi pie estaba atado a la correa.”
La correa de hule que lleva amarrada al tobillo se hizo dos veces más grande, pero por fortuna, no se reventó. Usándola como guía, Bertish se impulsa hacia arriba hasta llegar a su tabla. Con lo que le queda de fuerza, agarra la punta con la esperanza de ver luz y respirar. Pero sigue estando oscuro. “Sabía que estaba a punto de desmayarme”, dice Bertish. “Veía puntitos negros que bailaban, pero resistí y de pronto aclaró, y así fue como salí a la superficie…”
Encuentra la historia entera en la edición enero de Red Bulletin.
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