Una mujer lo da por amor a un hombre que no la ama y no se para de la cama en tres días. Un jefe despide a veinte y no se para de la cama en tres días. Una esposa es infiel y no se para de la cama en tres días. Un sicario mata a su primera victima y no se para de la cama en tres días. Uno escribe un mal artículo y no se para de la cama en tres días.
Hay algo de poético en quedar tan abatido que no podamos levantarnos de la cama en tres días, como cuando éramos niños y exagerábamos la enfermedad para no ir al colegio. Ahora de grandes las camas no sirven ni para dormir ni para tener sexo, así que esperamos que al menos nos soporten en nuestros peores días.
Se queda uno en la cama a recuperarse de una enfermedad, de un golpe de la vida, y piensa que va a dormir lo que no ha dormido en años, pero a la tercera vuelta se da cuenta de que es imposible. Yo sufro de insomnio desde los 25 y me cansé de trabajar a los 30; vivo cansado, pero no me da sueño. Siempre espero al almuerzo para echarme una siesta, pero llega la una de la tarde y anuncian por televisión un partido que no me puedo perder.
La gente vive con sueño. Desde un amigo con esposa y tres hijos que toma pastillas como si fuera Elvis Presley, hasta mi padre, a quien vi pasar noches derecho, apagando y prendiendo la televisión, hablando solo, leyendo un libro de ganadería, el periódico, un catálogo de carros importados o simplemente mirando a la ventana a ver si el sol salía de una vez.
Antes me desvelaba el tema (perfectamente dicho), vivía obsesionado por contar las horas que dormía cada noche y me preocupaba si eran menos de siete. Ahora agradezco si logro cinco al hilo y ya casi no sufro cuando me miro las ojeras en el espejo. Las ojeras son poca cosa comparadas con recordar los sueños. La gente cree que soñar es bonito, pero todo lo contrario: recordar nuestros sueños significa que no dormimos profundo y recapitularlos enloquece. Imposible vivir cuerdos cuando en la oscuridad hemos soñado incoherencias. Los sueños solo sirven para decirle que soñamos con ella a la mujer que nos queremos comer.
Alguna vez tuve un trabajo en el que me tocaba despertarme a las cinco de la mañana. Lo odiaba aunque no representaba ningún esfuerzo porque igual no dormía. Me paraba de la cama y no sabía por qué, así que me inventé que lo hacía para pagar un computador que había comprado a doce cuotas. No era mentira, pero representaba una excusa tonta.
La felicidad no es otra cosa que quedarse dormido diez minutos después de haber puesto la cabeza en la almohada, por esos somos tan desdeichados. Resignados a vivir en la vigilia, quizá una mañana nos levantaremos pese a todo y tenderemos la cama aunque no hayamos pegado el ojo. Tal vez un día empezaremos a hacer las cosas bien.
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