Estoy que suelto todo y me voy a vivir a un cuarto, porque recluirse en el cuarto de una casa ajena es el retiro definitivo. Estoy que entrego el apartamento y me les pierdo a todos: amigos, familia, novia, jefe; estoy que renuncio a la vida. Voy a dejar de mandar hojas de vida, de pagar la retefuente y los recibos; pienso salirme del TV cable y del plan de celular (si los operadores me dejan).
Estoy que me voy a Los Mártires, un barrio de Bogotá que suena a pobreza, a una pieza de esas que se pagan por días. Estoy que dejo de cotizar en el fondo de pensiones y me desafilio a la EPS para que el día que me enferme me dejen morir en un hospital de beneficencia. Los hospitales también deberían desistir de salvar vidas, que siete mil millones es un abuso.
Admiro a los que se levantan cada mañana, que no se sueltan por temor a morir de hambre, a quedar en la calle. Es gente que no puede dejarse ir porque hay quien depende de ella. Yo, en cambio, estoy haciendo un plan de retiro donde, además de irme a una pieza, me vestiré con ropa usada, renunciaré a la televisión, leeré libros viejos y escribiré a mano. Cuando lo necesite, me comunicaré con minutos de celular de la calle y calmaré el hambre con perros de $2000 que vienen con gaseosa.
Me voy porque cada vez me resulta más difícil mantener la alegría de vivir. Claudico y me largo lejos para no suicidarme, que tampoco tengo los huevos para hacerlo.
Me salgo del sistema porque está hecho para que tengamos que trabajar todos los días y que a fin de mes necesitemos más; para que no podamos retirarnos a los 30, que sería bello. Trabajar toda la vida es el mensaje que nos han mandado, pero no me queda claro que sea lo indicado. Nos tienen aleccionados, activos (con miedo, diría yo). Yo quisiera ser de esos que trabajan todos los días sabiendo que nunca serán ricos y que en vez de vivir, sobreviven, pero no me sale.
Los clase media estamos cerca del abismo de la pobreza, solo es cuestión de dejarnos soltar y mandar todo al carajo, que es muy tentador. En todo caso resulta más fácil que ser millonario, porque los clase media no aspiramos a la riqueza ya que para ello hay que ser constante o torcido, y ninguna de las dos opciones es tentadora. Además, un rico puede sufrir de gastritis, de estrés, de insomnio, los familiares y los amigos se le pueden voltear así. Es muy fácil ser rico e infeliz, que no es otra cosa que ser doblemente infeliz.
Estoy que hago la de Benedicto. Que me borro del mapa, que deserto, que abdico a este reino de mediocridad que es mi vida.
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